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24/06/2020
ESPÍRITU SIN DIRECCIÓN, HOGAR SIN NORTE
Autor de los libros de cuentos "26 humillados" e "Intrusos". Lic. en Comunicación Social, librero de oficio y escritor de profesión. Ha colaborado con textos literarios para Digo.Palabra.TXT, Oculta Lit y PenÚltima. Nacido en Caracas, residente en Chile.

Autor de los libros de cuentos "26 humillados" e "Intrusos". Lic. en Comunicación Social, librero de oficio y escritor de profesión. Ha colaborado con textos literarios para Digo.Palabra.TXT, Oculta Lit y PenÚltima. Nacido en Caracas, residente en Chile.

Contratados para hacer las veces de mesoneros durante un cumpleaños, Hannah y yo fuimos al hogar más descuadrado que he visto, una residencia casi lyncheana que se mostraba cada vez más viciada entre más la veíamos.

El edificio era completamente rosado, sin escaleras, pero con rampas de subida y bajada. El apartamento quedaba en el piso tres y parecía ser el único habitado en aquella planta.

Adentro, el techo era demasiado alto, altísimo, y los pasillos tan estrechos que solo cabía una persona por vez. En la sala no había nada, a excepción de una cama ubicada en una esquina. Ninguna habitación tenía puertas, solo cortinas de telas descoloridas que las separaban. En cada uno de los cuartos había un televisor que no sintonizaba nada, detrás de los cuales encontré papas fritas, frutas a medio comer y adornos, figurillas, bolsas de plástico… También noté que había una cama individual en todas las recámaras, y que ninguna había sido limpiada en mucho tiempo: olían a polvo.

Avanzada un poco la tarde, empezamos percatarnos de detalles cada vez más extraños: todas las paredes estaban llenas, colmadas de calendarios de años anteriores (desde el 2004) y que todos estaban mandados a hacer con fotografías del dueño de la casa; no había casi ningún sofá y el que había enfrentaba a la pared: quien se sentara allí, solo vería el muro. Tampoco las camas apuntaban hacia ningún sitio: los televisores miraban a la derecha y las camas a la izquierda, y así. La tina del baño estaba repleta de cualquier cosa, basura, cajas, juguetes de plástico, por lo que no sé cómo alguien se podría bañar allí. De cualquier forma, por su suciedad, nadie debería hacerlo.

Para la fiesta, habían colocado una veintena de sillas en un espacio donde evidentemente no cabían más de diez personas. Las sillas, todas, veían hacia un solo lado, así que todos lo invitados se verían las espaldas. El sentido era hacia una ventana, como si el plan fuese contemplar el paisaje. Pero en esa oportunidad, la ventana estaba completamente cerrada, cubierta por cortinas, y así se mantuvo el resto del día; realmente, allí nadie podía ver sino su plato. Más allá, estaba el balcón, que más bien era un depósito. El jefe, el cumpleañero que nos contrató, dijo que esa era la zona de fumadores, por lo que colocó dos sillas rotas y un cenicero sobre una pila de cajas.

Antes de servir la comida, el señor, nuestro empleador, quiso evaluarnos y nos pidió que levantáramos la tapa de la parrillera… yo tomé la tapa, la levanté, y él exclamó: “¡Excelente, así se hace!”

Al final de la velada, nos enteramos de que aquel hombre guardaba comida vencida desde hacía casi cinco años, comida pútrida en su nevera, lo cual se correspondía con la fecha del fallecimiento de su esposa. Quizá toda aquella casa perdió el sentido (literalmente) después de esa fecha. Tal vez lo que veíamos era el reflejo del espíritu de un hombre que perdió su norte: su pareja.

Nada salió mal: el señor nos pagó muy bien y por adelantado; además, nos dio una demostración de su perfecto manejo del alemán, así como una muestra de su excelente sazón al cocinar la carne (¿cómo un hombre con tan buen gusto mantenía comida vencida desde hace cinco años en su refrigerador?). No obstante, aquella sigue siendo una tarde completamente extraña, anunciada por una cama en medio de una sala, lo cual ya era suficiente aviso.

 

 

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